
“Erase una vez una sirena que recorría el mar, apartándose de su grupo de sirenas y mirando los escaparates de las tiendas. No contemplaba, la ropa, los gorros, ni las faldas, sino que buscaba su cola, que le habían robado.
La cola; hecha de relucientes escamas doradas, era de una belleza extraordinaria. Todo aquel que llegaba a verla era incapaz de resistir la tentación de robarla. La sirena no recordaba quién se la había quitado. Solo que un día se había despertado sin ella.
Sus padres junto con otras sirenas, la expulsaron del mar hasta que volviese con ella. Después de muchas lágrimas y vicisitudes, se vio obligada a llevar una vida de una niña normal. Nadie creía que fuese una sirena; puesto que carecía de la prueba evidente: LA COLA. Pero la sirena sabia muy bien quién era, así que no dijo nada y siguió buscando.
Un día paso por delante de una pescadería y en el mostrador descansando sobre el hielo entre el Bacalao y el Salmon, estaba su COLA.
... El pescador que se la quito se la había vendido al pescadero, el cual, dando cuenta de su valor, la había escondido. Al ver que nadie venia a reclamarla, quiso mostrarla al público, orgulloso, para que toda la gente supiese que poseía algo tan bello.

